Hay entregas dentro de una saga que, aunque no sean las más queridas por la crítica o el público, terminan marcando el rumbo personal de quienes las descubren en el momento justo. Para mí, La Fuga de Monkey Island (Escape from Monkey Island) fue precisamente eso. Publicado por LucasArts en el año 2000, fue el primer Monkey Island que jugué en profundidad, aunque dista de ser el más celebrado. Era la cuarta entrega oficial, posterior al aclamado The Curse of Monkey Island (1997), un hito que cerró la era del mítico motor SCUMM. Con La Fuga, la saga dio un salto técnico y narrativo radical: abandonó el SCUMM para abrazar el motor GrimE, el mismo que impulsó a Grim Fandango. Este cambio trajo consigo un entorno completamente tridimensional y el uso del lenguaje de scripting Lua, un viraje que supuso dejar atrás décadas de aventuras point-and-click en 2D. La dirección del proyecto recayó en dos nombres con historial dentro de la casa: Sean Clark y Michael Stemmle, veteranos de títulos como Indiana Jones and the Fate of Atlantis y Sam & Max Hit the Road. A pesar de su experiencia, el cambio a 3D generó dudas incluso dentro del equipo. Algunas animaciones eran toscas, la cámara en ocasiones resultaba torpe y los nuevos controles no lograban la fluidez de antaño.








