Era principios de 1979, concretamente una fría mañana de un 25 de enero, y un hombre de 25 años llamado Robert Williams hacía sus rutinarios quehaceres en la fábrica donde trabajaba en una planta de fundición y moldeado de la Ford en Michigan (EEUU). Ese día una de las máquinas encargadas de recuperar piezas fundidas de los estantes de almacenamiento empezó a dar lecturas incorrectas y le pideron a Williams que se encargase de solucionarlo recuperando manualmente estas piezas. No iba a ser sencillo pues esta máquina tenía una altura de más de 10 metros y la única forma de acceder era encaramándose por los estantes cercanos, uno a uno. Con las 'habituales medidas de seguridad' de la época se encaramó a la estantería y empezó su ascenso. Cuando llegó al tercer estante comenzó a retirar manualmente las piezas pero, por desgracia, fue golpeado en la cabeza por el brazo mecánico del robot que se reactivó, muriendo instantáneamente. Nadie se percató del horrible suceso y no fue hasta más de media hora más tarde que lo encontraron.
Su familia demandó a los fabricantes del robot, alegando que la compañía había sido negligente en el diseño y no advirtieron a los operarios de los previsibles peligros al trabajar con la máquina al carecer de los mecanismos de seguridad para prevenir un accidente de este tipo y sin disponer siquiera de un sonido de advertencia que alertese a los trabajadores. Tras varios años en pleitos la familia llegó a un acuerdo extrajudicial con la compañía por un montante que no fue hecho público.
Curiosamente pese a fallecer dos años después, en 1981, suele considerarse a Kenji Urada como la primera víctima robótica quien fue empujado por un robot a una rectificadora- cuando la estaba arreglando- provocando así su muerte.

















