De la noticia poco se puede añadir que no haya dicho ya cualquiera que cruce a diario el puente. Este sigue igual que en 2008, cuando ya lo mencionaba aquí en el blog; el deterioro era tal que el puente parecía más un campo de batalla que un simple paso peatonal. Los pescadores de entonces 'invadían' el puente con sus cañas y montañas de basura, y los caminantes nos veíamos obligados a sortear todo tipo de desechos, entre cañas de pescar, restos de cebos y basura; como si estuviéramos caminando por un vertedero improvisado. Lo que debió ser una vía eficiente de comunicación se convirtió en un obstáculo para quien se preocupara por su higiene. Para aquellos que tengan curiosidad, comparto el vídeo que grabé de aquel entonces con el estado del puente en el año 2008:
¿Qué ha cambiado en estos más de quince años? Pues, como era de esperar, poco o nada. A los problemas de siempre se les han sumado más baches, más maleza y una desidia institucional palpable. Los viandantes, tal y como señala la noticia, siguen sorteando cañas de pescar junto a una verdadera yincana de obstáculos: el pavimento agrietado, la maleza imparable, y la sensación de que todo está 'hecho un desastre'. Si el estado estético del puente ya es aterrador, la seguridad de los peatones y ciclistas no se queda atrás. Los coches pasan a toda velocidad, mientras los patinetes y bicicletas no saben si deben ir por la calzada o la acera, creando una confusión peligrosa. Como lo señala un vecino: 'El puente está destrozado, y ni el Estado ni el Concello hacen nada'. Y aquí surge la eterna pregunta: ¿qué podemos hacer nosotros? La culpa parece recaer sobre el mal estado de la carretera o la falta de inversión estatal, pero esas excusas ya empiezan a sonar a lo de siempre. Siempre habrá algo más urgente, más importante o, simplemente, más rentable que arreglar este puente. En 2008 teníamos excusa: la crisis económica. Pero ahora, ¿qué excusa tenemos? ¿La misma? El puente parece haber caído en un agujero negro de mantenimiento, un limbo donde las promesas de arreglo se evaporan más rápido que la niebla en la costa.
Si alguien tenía dudas sobre el estado de la infraestructura, basta recordar que el puente de As Pías es parte de la N-651, una carretera estatal que lleva años sin recibir el tratamiento adecuado y este puente se ha convertido en uno de esos 'problemas crónicos' que arrastra la región desde tiempos inmemoriales, como un chicle pegado al zapato que nadie parece dispuesto a despegar. ¿Y la solución? Pues, como siempre, parece que la respuesta está en alguna renovación lejana que tardará años en llegar… si es que llega.
Este puente, como tantas otras infraestructuras olvidadas en Galicia y en muchas partes de España, simboliza el fracaso de un sistema incapaz de priorizar lo básico. Mientras tanto, los ciudadanos siguen sufriendo las consecuencias de esta dejadez. El puente de As Pías no es solo una infraestructura más; es un espejo de nuestra indiferencia colectiva ante lo esencial. Si seguimos esperando a que algún día alguien se decida a arreglarlo, corremos el riesgo de que ese día nunca llegue. A lo largo de los años, hemos sido testigos de cómo el tiempo y el olvido cubren de maleza no solo las carreteras, sino también nuestra capacidad de indignarnos. Ya no es solo el puente lo que está roto, sino la confianza en que algún día se hará algo para resolverlo. Es cierto que no se puede cambiar nada sin esfuerzo, pero también lo es que el tiempo no perdona. El puente de As Pías, junto con su abandono, nos recuerda que no podemos seguir ignorando lo que nos afecta directamente. Este problema no va a desaparecer por sí solo, y el desgaste de la paciencia ciudadana no puede ser la única respuesta. Nos enfrentamos a una realidad incómoda: que la queja constante nunca será suficiente si quienes tienen el poder de cambiar las cosas no deciden finalmente actuar. El déjà vu, lejos de ser solo una sensación repetitiva, se convierte en un símbolo de nuestra frustración y de un futuro que, si seguimos así, nunca cambiará.
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