El segundo año del blog marcó un cambio de ritmo. Pasé de las 123 entradas del primer año a solo 55, una bajada considerable de más del 50%. ¿Menos tiempo? ¿Menos ganas? ¿Menos cosas interesantes que contar? Quizá un poco de todo. Muchas de esas entradas eran cortas, casi anecdóticas, pero eso no impidió que siguiera compartiendo mis paranoias, aventuras y ocurrencias. Fue también el año en el que empecé con secciones fijas como los Dixit y las tiras cómicas, con un humor muy enfocado a los frikis de la informática (quizá demasiado). Voy a compartir algunos de los momentos de aquel segundo año:
A la Rica Fonera
Uno de los cacharros tecnológicos del año fue La Fonera. Este pequeño router me permitió extender la red social FON y crearme una red privada en casa. Todo iba bien hasta que un día Lolete, un compañero de clase, me comentó que la señal llegaba hasta un bar cercano. Intrigado, salí a la calle con mi Nintendo DS para comprobar hasta dónde alcanzaba la cobertura. El resultado me sorprendió, pues en línea recta, sin obstáculos, la señal llegaba a casi 150 metros, mientras que con obstáculos se quedaba en unos 50–70 metros. Grabé un vídeo (de calidad lamentable, todo hay que decirlo) y lo subí a YouTube. Aunque esas pruebas fueron sin la Fontenna (que compraría más tarde) sigo sorprendido con el alcance que conseguí. Eso sí, por mucho que afirmase que llegara la señal, dudo que fuera usable a distancias tan grandes. Y a día de hoy sería complicado obtener esos resultados porque el espectro WiFi está mucho más saturado que hace casi 20 años (cuando apenas había media docena, en el mejor de los casos, de redes WiFi a la redonda) y ahora las interferencias harían mella. Es una pena no tenerla operativa ahora sólo para probar, aunque no sé si funcionase. Cabe destacar que durante años le saqué partido "vendiendo" mi conexión a una persona anónima que siempre pagaba puntual y años después (en 2009) invertiría un poco de ese dinero por una más moderna Fonera 2.0.
Juegos, juegos y más juegos
Aquel año también estuvo marcado por varios descubrimientos en el mundo de los videojuegos; algunos efímeros y otros que dejaron una huella más duradera. Uno de los primeros fue DOFUS, un MMORPG desarrollado por Ankama Games que tenía la particularidad de estar hecho completamente en Flash, lo que le permitía funcionar en Windows, Linux y Mac, algo que no era nada habitual en aquella época. Aunque su estética colorida y su combate táctico por turnos me parecieron interesantes, la barrera del idioma fue un problema, ya que la mayoría de los jugadores eran franceses y tras unas semanas de prueba terminé abandonándolo sin demasiada pena. Lo curioso es que, a diferencia de muchos otros juegos online de la época, DOFUS sigue existiendo hoy en día, habiendo evolucionado muchísimo desde entonces.
Pero si hubo un juego que realmente me atrapó aquel año, ese fue Wolfenstein: Enemy Territory, un FPS gratuito ambientado en la Segunda Guerra Mundial que combinaba acción frenética con un fuerte componente estratégico. Lo jugué tanto que terminé formando parte del clan Morituri, con el que nos metimos de lleno en competiciones como ClanBase y SummerCup (aunque estos enlaces sean aproximados, ayudan a contextualizar la experiencia) donde cada victoria se celebraba como si hubiéramos ganado un Mundial. Eso sí, jugar online con una conexión de 56K en aquella época era un deporte de riesgo. Entre los picos de latencia y los tirones, había momentos en los que aquello parecía más un combate contra mi propio módem que contra el equipo enemigo. Si quieres expandir más allá mis reflexiones acerca de este juego, puedes ver aquí una entrada que le dediqué hace unas semanas.
Windows Vista: If the Final Countdown...
Después de pasar años utilizando Windows XP (de hecho aun tengo varias licencias físicas que regalaba Microsoft a aquellos que estudiábamos informática) decidí dar el salto a Windows Vista, un sistema que prometía ser el futuro pero que, en la práctica, terminó siendo una de las mayores decepciones tecnológicas que recuerdo. Al principio todo parecía ir bien, pero en cuanto activé las actualizaciones automáticas, el sistema empezó a volverse inestable y a reiniciarse en ocasiones sin previo aviso mientras descargaba archivos o trabajaba en algo importante. Tras varios intentos de hacerlo funcionar sin que me estropeara el día, terminé rindiéndome y volviendo a Windows XP, algo que pocas veces he hecho con un sistema operativo, pero que en este caso fue la única solución viable para evitar seguir perdiendo el tiempo con un sistema que no estaba preparado para el mundo real. Y fue algo que me molestó mucho pues lo había comprado original y me daba mucha rabia no sacarle utilidad.
Cambios de nombre y otros
Uno de los cambios más importantes de aquel año fue el cambio de nombre del blog. Hasta ese momento, se llamaba Rahkephon’s Corner, un nombre que tenía cierto sentido para mí, pero que no terminaba de encajar con la identidad del blog. Así que, después de pensarlo un poco, decidí rebautizarlo como El Condensador de Fluzo, en honor a Regreso al Futuro, que siempre ha sido una de mis sagas favoritas. Con el cambio de nombre también llegó un rediseño del blog, con colores estridentes que, en aquel momento, me parecieron una gran idea y eran casi la norma online de cualquier web. Además, empecé a escribir sobre temas más variados, como Ubuntu, la Fórmula 1 o algunas webs curiosas que no merece mucho la pena comentar.
Así concluía un segundo año lleno de cambios, experimentos y descubrimientos: menos entradas, sí, pero con más cacharros, juegos y anécdotas tan surrealistas. La tecnología cambia, los juegos evolucionan y los nombres de los blogs se reinventan, pero lo único que permanece es esa inagotable necesidad de compartir cada paranoia, cada aventura y cada ocurrencia.
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